Repensando nuestras prácticas
Por: Ana Helvia Quintero
Profesora UPR-RP
6 de mayo 2006
La situación por la que pasa nuestro país nos debe llevar a una reflexión profunda, personal y colectivamente, sobre nuestros valores, actitudes y prácticas en las diversas áreas del quehacer de la sociedad. En muchas de ellas necesitamos cambios profundos. Por ejemplo, desde hace décadas se reconoce la necesidad de un cambio en nuestro sistema educativo. Como planteo en mi libro hemos tenido “Muchas reformas, pocos cambios”. En el libro se analizan diversas causas por las cuales no se da un verdadero cambio. Una de ellas es que cambiamos los términos con los cuales denominamos las prácticas, pero nuestras concepciones y prácticas se mantienen básicamente igual.
Así, por ejemplo, en nuestro discurso hablamos del aprendizaje constructivista y de la enseñanza pertinente, pero la práctica, en la mayoría de los salones, tanto a nivel escolar como universitario, se mantiene como un proceso de transferencia de información del maestro al estudiante, en ocasiones sin sentido para ambos. Sobre este tema trata el libro La educación con sentido: la educación ideal y posible. El mismo es el fruto de los diálogos y reflexiones colectivas de un grupo de profesoras universitarias, Ángeles Molina Iturrondo, María García Padilla, Europa Piñero González, Ileana Quintero, Ada Haiman y la que escribe. El libro presenta experiencias y reflexiones que promueven la enseñanza con sentido.
Desde hace décadas, Piaget observó que los niños no repetían las explicaciones que les presentaban los adultos sobre algún evento, más bien las construían a partir de los esquemas mentales que éstos tenían al momento. Por tanto, el aprendizaje sólo tiene sentido si conecta con los esquemas mentales de los estudiantes. Si no logramos hacer esa conexión el estudiante podrá repetir la información que le ofrecemos, pero si no le hace sentido, no la integra a su conocimiento. De hecho, todos recordamos de nuestros años escolares y universitarios ocasiones en que nos enseñaban información sin sentido. Por ejemplo, ¿cuántos de ustedes recuerdan la tabla periódica de la química, o a factorizar polinomios en álgebra? Lo que se aprende sin sentido se olvida fácilmente y no ayuda en nada a entender nuestro mundo, natural y cultural.
El aprendizaje sin sentido tampoco apoya la reflexión, tan importante para profundizar y comprender las implicaciones del conocimiento para la calidad de vida. Por ejemplo, en una clase de ciencia donde se enseñan las partes del cuerpo de memoria, el estudiante podrá recitar las mismas, pero no entenderá las conexiones con su propia vida, como el examinar sus hábitos de salud. Por el contrario, si el aprendizaje se da dentro de un tema de su interés y con significado, no sólo se entenderá mejor el material, sino que se motiva a reflexionar sobre su comportamiento.
Apoyar el aprendizaje con sentido requiere que revisemos muchas de nuestras prácticas educativas. Para comenzar, es preciso analizar si es posible discutir con significado todos los temas que proponemos enseñar en el currículo. Diversos estudios han demostrado que aprender un concepto con significado toma más tiempo del que pensamos. Por ejemplo, un estudio analizó si es posible aprender los temas requeridos por los estándares curriculares sobre el concepto de evolución de las especies en octavo grado. El estudio consistió en enseñar los conceptos de evolución que los estándares recomiendan. Los estudiantes que participaron en el estudio tenían unas condiciones favorables para el aprendizaje y aun así sólo el 25% de ellos alcanzaron los estándares. Vemos entonces que el desarrollo conceptual es mucho más difícil que lo que piensan los que redactan los estándares. Esto nos lleva a preguntarnos si los contenidos que proponemos para el aprendizaje en cada grado son apropiados. De hecho, al pretender enseñar todos esos conceptos, lleva a que el maestro en su afán de “cubrir” el material no promueva un aprendizaje con entendimiento. Por tanto, debemos preguntarnos qué contenidos son realmente necesarios incluir en el currículo. Es preferible aprender con significado un número menor de conceptos y desarrollar las habilidades y la motivación para aprender, que enseñar todo lo que entendemos es necesario aprender, sin sentido, ni interés. Dos trabajos sobre las experiencias con programas en Holanda y China evidencian esta posición.
Si se compara el contenido de las metas para la enseñanza de la matemática a nivel elemental del Instituto Freudenthal en Holanda con el de los estándares actuales en Puerto Rico, o los de los Estados Unidos, se observa que los primeros se concentran en menos temas, pero con un enfoque dirigido a su comprensión. Por ejemplo, no se incluyen tópicos que se enseñan en Puerto Rico y EEUU, como las reglas para las operaciones básicas con fracciones, sólo que entienda su significado. Es pertinente apuntar que los estudiantes holandeses salen mejor que los puertorriqueños y los norteamericanos en las pruebas internacionales de matemáticas.
El segundo trabajo es un libro por Liping Ma que compara el conocimiento sobre la matemática de las maestras chinas y las norteamericanas. Nos muestra cómo las primeras con menos cursos universitarios en matemáticas que las maestras norteamericanas comprenden mejor la matemática que enseñan y están en mejor disposición de aprender de la práctica. Su aprendizaje ha estado dirigido a entender con significado los conceptos que enseñarán, en lugar de haber dedicado su tiempo a “cubrir” muchos conceptos, pero sin comprensión. Nuevamente los estudiantes chinos salen mejor en las pruebas internacionales que los norteamericanos.
Transformar la enseñanza a una con sentido es esencial para un verdadero cambio en la educación. Lograrlo requiere modificar diversas concepciones: cuáles son los contenidos esenciales que debe incluir el currículo; cómo presentarlos; cómo preparar a los maestros para que lo que enseñen tenga sentido también para ellos. No es fácil concertar un cambio en todos estos elementos. De hecho, esta es otro de los cambios que necesitamos: promover el trabajo colaborativo entre diversas entidades que trabajan por un fin común. Repensemos y cambiemos las concepciones que no nos permiten mejorar nuestra calidad de vida.